domingo, 27 de noviembre de 2016

Supiria de profundis (Extracto) - Thomas de Quincey


Ahora, compañero imparcial en este viaje explorador de pesquisas dentro de escenas escondidas, o escenas llenas del olvido de la vida humana, quizá sería instructivo dirigir nuestra mirada sobre el falso y pérfido amante. Podríamos. Pero no hagamos eso. Nos podría parecer un poco mejor, o podríamos compadecernos de él más de lo que cualquiera de nosotros desearía.  Su nombre y recuerdo desde hace tiempo han sido arrojados de los pensamientos de todos. De prosperidad, y (aún más importante) de paz interna, se dice que él no ha tenido ni un resplandor desde el momento en que traicionó su fe, y en un solo día arrojó de sí la joya de la buena consciencia, y “una perla más cara que toda su tribu.” Pero, sin importar lo que pueda ser, es seguro que, finalmente, se convirtió en ruinas; y de cualquier ruina sin esperanza es muy doloroso hablar, —mucho menos cuando, a través de él, otros también se convirtieron en ruinas.
¿Deberíamos, entonces, después de un intervalo de cerca de dos años que ha pasado sobre la joven mujer de la alcoba, dirigir nuestra mirada de nuevo sobre ella? Dudas, imparcial amigo; y yo mismo dudo. Porque de hecho ella también se ha convertido en ruinas; y nos apenaría a ambos contemplar cuanto ha cambiado. Al final de veintiún meses, ella difícilmente conserva un vestigio de similitud con la fina mujer joven que vimos en una tarde triste, con su tía y prima. En consideración, por lo tanto, hagamos esto. — Dirigiremos nuestra mirada a su habitación justo en el instante en que seis semanas habían pasado. Supongamos que este tiempo se ha ido; supongamos que ahora está vestida para la tumba, y coloquémosla en su ataúd. La ventaja de esto es, que a pesar de que ningún cambio pueda restaurar los estragos del pasado, todavía (como seguido se descubre que pasa con las personas jóvenes) su semblante ha resucitado sus años infantiles. La apariencia infantil ha vuelto, y colocado de nuevo en su sitio sus rasgos. El desgaste de su piel es menos aparente en su rostro; y uno podría imaginar que este semblante dulce de mármol fue el mismo sobre el cual, once años atrás, los ojos oscuros de su madre se habían detenido por largo tiempo, hasta que las nubes habían desvanecido la figura de sus amados gemelos. Todavía, si fuera en parte fantasía, esto, al final, no es fantasía, — que no sólo mucho de una verdad con apariencia infantil y simplicidad se ha reincorporado en el templo de sus rasgos que ahora reposan, sino también la tranquilidad y la paz perfecta, las cuales son apropiadas para la eternidad, pero de las cuales el semblante con vida había partido para siempre, en aquella tarde memorable cuando contemplamos al grupo apasionado, —la sobresaliente y censuradora tía, la compasiva pero silenciosa prima, la pobre, desgraciada sobrina, y la carta infame que yacía hecha pedazos a sus pies.
Nube, que nos has mostrado a esta joven criatura y sus esperanzas marchitas, cierra tus fauces otra vez. Y ahora, unos años más tarde, —no más que cuatro o cinco—, danos los pendientes más actuales de los cambios que encubriste entre tus paños. Una vez más, “¡ábrete sésamo!” y muéstranos una tercera generación. Contempla un pasto inundado con matorrales. ¡Tan perfecta es el verdor, ricos son los arbustos que florecen y se esconden entre los verdosos muros de la posibilidad de intromisión, mientras por su vagabunda línea de distribución van tomando forma, y resentidamente traen a la costa, lo que uno podría llamar tabernas y vestíbulos pastosos, galerías silvinas y armarios! Algunos de estos recovecos, los cuales se desunen tan fluidamente como las serpientes, y de repente como los más tímidos rincones, celdas acuosas, y criptas, entre las costas de un lago en el bosque, siendo formadas por los meros caprichos y yerros de los exuberantes arbustos, son tan pequeños y tan callados que uno se imaginaría que fueron hechos para las alcobas. ¡Aquí se encuentra uno que en un clima menos voluble haría para un escritor el más hermoso de los estudios sobre los alientos de algún corazón solitario, o de suspiros de algún recuerdo apasionado! Y, abriendo un ángulo de este estudio enramado, muestra un pequeño corredor estrecho, que, después de dar una vuelta sobre sí mismo, en sus laberintos juguetones, finalmente se expande en una pequeña habitación circular; de la cual no hay ninguna salida (excepto si contamos la entrada), pequeña y grande; tanto que, adyacente a su estudio, el escritor daría ordenes de que tan dulce una recamara, permitiéndole recostarse durante el verano, contemplando durante toda la noche al quemante anfitrión de los cielos. ¡Tan silenciosa sería justo en los medios días nocturnos del verano — tan parecida a la quietud de las tumbas! Y todavía, ¿hay necesidad de pedir quietud o un silencio que sea más profundo que el que es sentido en este mediodía? Una razón para un reposo tan peculiar, sobre y encima del carácter tranquilo del día, y la distancia del lugar que está en los caminos principales, es la zona principal del bosque, en la cual casi en cada lado han reposado los arbustos, envolviéndolos (como uno podría expresarlo), circundándolos y subestimándolos, desde una distancia tan variada de dos a tres estadios, como a menudo se guardan los vientos a la distancia. Pero, sin importan su causa o soporte, el silencio de estos prados fantasiosos y habitaciones pastosas es a menudo opresivo en las profundidades del verano para las personas que no están familiarizadas con la soledad, ya sean montañesas o silvinas; y muchos estarían aptos para suponer que la villa, de la cual estos arbustos hermosos forman las dependencias principales, debe estar abandonada. Pero ese no es el caso. La casa está habitada, y por su señora legitima, la propietaria de todo este terreno; y no del todo una señora callada, pero tan ruidosa como la mayoría de las señoritas de cinco años, pues esta es su edad. Ahora, y mientras estamos hablando, podrías escuchar su clamor pequeño y alegre mientras sale de la casa. Por este camino viene, saltando como un fauno; y pronto corre hacia el pequeño recoveco que he señalado como un estudio propio para un hombre que debería estar hilando las armonías profundas del memorial de los suspiros. Pero me imagino que ella pronto lo despojara de ese carácter, pues sus suspiros no son tantos en esta etapa de su vida. Ahora entra en escena saltando, y observas que, si ella guarda su promesa de ser siempre una niña, será una criatura interesante para quien la contemple en la otra vida. Por otro lado, ella es una niña encantadora, —amorosa, natural, y salvaje como cualquiera de sus vecinos en millas a la redonda, concretamente, lebratos, ardillas, y tórtolas. Pero lo que te sorprenderá en demasía es que, aunque sea una niña de sangre inglesa, habla muy poco inglés; pero más bengalí del que tú tal vez puedas llegar a expresar. Ahí está su doncella, quien viene detrás, a un paso muy diferente del de su señora joven. Pero, si sus pasos son diferentes, en otras cosas están de acuerdo más cordialmente; y muchísimo se aman la una a la otra. En realidad, la niña ha pasado toda su vida en brazos de su doncella. No recuerda nada que sea más vieja que ella; la más antigua de las cosas a sus ojos es su doncella; y si la doncella insistiera en que la venerara como la deidad Ferroviaria o Buqueniana, que construyó Inglaterra, y el mar, y Bengala, es seguro que la pequeña lo haría, haciendo ninguna pregunta más que esta, —si es que los besos cuentan como alabanzas.
Cada noche, a las nueve en punto, mientras la doncella se sienta junto a la criatura que yace despierta sobre la cama, la lengua plateada de un reloj hace sonar la hora. Lector, tú sabes quién es ella. Es la bisnieta de aquella que se desvaneció al atardecer mientras contemplaba a sus gemelos huérfanos. Su nombre es Grace. Y ella es la sobrina de aquella anciana y alguna vez feliz Grace, quien gastó mucho de su felicidad en esta habitación, pero a quien, en su completa desolación, la vimos en la recamara, con la carta hecha pedazos a sus pies. Ella es la hija de esa otra hermana, casada con un oficial que murió lejos. La pequeña Grace nunca conoció a su bisabuela, tampoco a su agradable tía, que fue su tocaya, ni contempló con consciencia a su mamá. Ella nació seis meses después de la muerte de la anciana Grace; y su madre sólo la contempló a través de la niebla del sufrimiento mortal, el cual se la llevó tres semanas después de que diera a luz a su hija.
Este paisaje fue contemplado hace muchos años; y desde entonces la joven Grace, a su vez, se encuentra debajo de una nube de pesares. Pero aún ella no cumple dieciocho; y todavía puede haber en ella esperanzas. Observando estas cosas en un periodo tan corto de tiempo, pues la abuela murió a los treinta y dos, diremos, —a la Muerte la podemos enfrentar; pero sabiendo, como muchos sabemos, que es la vida humana, ¿quién de nosotros sin escalofríos podría (si conscientemente fuéramos convocados a ello) enfrentarse a la hora de su nacimiento?



Versión Paul Olvera


Tomado de: De Quincey, Thomas. Confessions of an English Opium-Eater. Literary Reminiscences. D. Appleton and Company. New York. 1900. pp.180-184

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