lunes, 19 de septiembre de 2016

A UNA HERMOSA CUAQUERA*



¡Dulce niña! Aunque sólo nos hemos visto una vez,
Ese encuentro jamás he de olvidar;
Y aunque nunca nos volvamos a ver,
En el recuerdo tu figura quedará.
No diré, “Te amo,” pero aún
Mis sentidos se rebelan contra mi voluntad:
En vano, trato de arrancarte de mi pecho,
Mis pensamientos a cada instante se rebelan;
En vano miro los suspiros que crecen,
El último en la fila responde:
Quizá esto no es amor, pero aún
Nuestro encuentro no puedo olvidar.

Aunque nunca rompimos el silencio,
Nuestros ojos un lenguaje dulce hablaron;
La lengua con acuerdos de falsedades lisonjeras,
Relata una historia que nunca se percibe:
Engaña a los labios culpables que hablan,
Y acalla los mandatos del corazón;
Pero los interpretes del alma, los ojos,
Desdeñan este freno, y altivo disfraz.
Fue así como nuestras miradas conversaron,
Y nuestro pecho se sintió apresado,
Ningún espíritu, interior, nos censuró,
En cambio dicen, “fue el espíritu quien nos condujo.”
Aunque lo que ellos susurraron reprimo,
Todavía concibo que tú en parte lo sabes;
Porque en ti mi pensamiento reposa,
Posiblemente hacia mí el tuyo también camina.
Esto es algo mío, por lo menos, lo diré,
Tu forma aparece en la noche, en el día;
Despierto, con ella mi fantasía rebosa;
Mientras duermo, sonríe en fugaces sueños;
Esta visión hechiza las horas que pasan,
Y me obliga a maldecir los rayos de la aurora
Por romper los sueños de placer
Que me hacen desear una noche infinita.
Porque, ¡oh! lo que sea que mi futuro augura,
Alegrías o desgracias cruzarán mis caminos,
En tentación por el amor, las tormentas acosan
Tu imagen que nunca he de olvidar.

¡Ay de mí! Ninguna otra vez nos encontraremos,
Nunca más nuestras presencias juntas se repetirán;
Entonces déjame suspirar esta oración de despedida,
El dictado de lo que habita en mi pecho:
‘¡Ojalá el cielo guarde a mi amada cuáquera,
Que la angustia nunca la dañe;
Que la paz y la virtud nunca la abandonen,
Que la felicidad nunca parta de su corazón!
¡Oh, ojalá los mortales felices, condenados
A ser, por lazos tan queridos, uno solo,
Ojalá cada una de sus horas descubriendo alegrías la pase,
Y pierda al marido en el amante!
¡Ojalá esto sirva para sentir la tragedia sin descanso
Que emponzoña el alma, con vano arrepentimiento,
De quien nunca la podrá olvidar!’

Versión Pavlo Aurel 

* Un miembro de una iglesia cristiana llamada la Sociedad de los Amigos, la cual cree que cada persona puede tener la experiencia directa de Dios. No tienen ceremonias formales ni ministros. Sus sesiones incluyen frecuentemente periodos de silencio.

Tomado de:
BYRON Poetical Works. George Gordon, Lord Byron. Edited by Frederick Page, A New Edition, Corrected by John Jump. Oxford University Press. Great Britain. 1975. pp. 25-26