Destruyéndome a mí mismo, contradiciéndome a mí
mismo,
como una polilla volando dentro de la llama de la
medianoche,
de repente todo lo que me ata a nuestro lenguaje
me tienta a dejarlo.
¿Qué es lo que hay en medio de nosotros? Alabanza
sin adulación.
Insensible amistad, cara a cara.
Permite que una familia extranjera, a nuestro
occidente,
nos enseñe seriedad y honor.
Poesía, tú haces que las tormentas sean benéficas.
Recuerdo a un oficial alemán,
la empuñadura de su espada cubierta de rosas
y Ceres sobre sus labios.
En aquel tiempo, en Frankfurt, los padres estaban
bostezando,
y nadie aún había escuchado de Goethe,
estaban escribiendo himnos, sementales estaban
haciendo cabriolas
en sus lugares, como si fueran letras del
alfabeto.
Amigos, díganme, ¿en qué Walhalla
rompimos nueces juntos, ustedes y yo?
¿Qué libertad fue nuestra para gastarla como
quisiéramos,
qué puntos de referencia dejaron para mí?
Y corrimos directamente desde lo que se conocía en
el primer rango
de una página de un almanaque
bajo pasos superficiales, sin miedo, hacia la
tumba,
como si fuéramos a un sótano a sacar una jarra de
Moselle.
Un lenguaje extranjero será mi ropa abrigadora.
Hace mucho tiempo antes de que me atreviera a
nacer
era una letra del alfabeto, un verso igual que una
vid,
era el libro que todos ustedes ven en sueños.
Cuando estaba dormido y sin ningún gesto
la amistad me despertó como un disparo.
Dios de los ruiseñores, permite que el destino de
Pilades sea mío,
o arráncame la lengua, pues ya no me sirve para
nada.
Dios de los ruiseñores, estoy siendo reclutado
todavía
para nuevas plagas, para siete años de masacres.
El sonido se ha marchitado, las palabras son
roncas y rebeldes,
pero estás aún con vida, y contigo me encuentro en
paz.
8-12
de agosto de 1932
Versión de Paul Olvera
Tomado de: The Selected Poems of Osip
Mandelstam. Translated by Clarence Brown and W. S. Merwin.
New York Review Books classics. USA. August 2004. pp. 65-66