Ahora, compañero imparcial en este viaje explorador de
pesquisas dentro de escenas escondidas, o escenas llenas del olvido de la vida
humana, quizá sería instructivo dirigir nuestra mirada sobre el falso y pérfido
amante. Podríamos. Pero no hagamos eso. Nos podría parecer un poco mejor, o
podríamos compadecernos de él más de lo que cualquiera de nosotros desearía. Su nombre y recuerdo desde hace tiempo han
sido arrojados de los pensamientos de todos. De prosperidad, y (aún más
importante) de paz interna, se dice que él no ha tenido ni un resplandor desde
el momento en que traicionó su fe, y en un solo día arrojó de sí la joya de la
buena consciencia, y “una perla más cara que toda su tribu.” Pero, sin importar
lo que pueda ser, es seguro que, finalmente, se convirtió en ruinas; y de cualquier
ruina sin esperanza es muy doloroso hablar, —mucho menos cuando, a través de él,
otros también se convirtieron en ruinas.
¿Deberíamos, entonces, después de un intervalo de cerca
de dos años que ha pasado sobre la joven mujer de la alcoba, dirigir nuestra
mirada de nuevo sobre ella? Dudas, imparcial amigo; y yo mismo dudo. Porque de
hecho ella también se ha convertido en ruinas; y nos apenaría a ambos
contemplar cuanto ha cambiado. Al final de veintiún meses, ella difícilmente
conserva un vestigio de similitud con la fina mujer joven que vimos en una
tarde triste, con su tía y prima. En consideración, por lo tanto, hagamos esto.
— Dirigiremos nuestra mirada a su habitación justo en el instante en que seis
semanas habían pasado. Supongamos que este tiempo se ha ido; supongamos que
ahora está vestida para la tumba, y coloquémosla en su ataúd. La ventaja de
esto es, que a pesar de que ningún cambio pueda restaurar los estragos del
pasado, todavía (como seguido se descubre que pasa con las personas jóvenes) su
semblante ha resucitado sus años infantiles. La apariencia infantil ha vuelto,
y colocado de nuevo en su sitio sus rasgos. El desgaste de su piel es menos
aparente en su rostro; y uno podría imaginar que este semblante dulce de mármol
fue el mismo sobre el cual, once años atrás, los ojos oscuros de su madre se
habían detenido por largo tiempo, hasta que las nubes habían desvanecido la
figura de sus amados gemelos. Todavía, si fuera en parte fantasía, esto, al
final, no es fantasía, — que no sólo mucho de una verdad con apariencia
infantil y simplicidad se ha reincorporado en el templo de sus rasgos que ahora
reposan, sino también la tranquilidad y la paz perfecta, las cuales son
apropiadas para la eternidad, pero de las cuales el semblante con vida había
partido para siempre, en aquella tarde memorable cuando contemplamos al grupo
apasionado, —la sobresaliente y censuradora tía, la compasiva pero silenciosa
prima, la pobre, desgraciada sobrina, y la carta infame que yacía hecha pedazos
a sus pies.
Nube, que nos has mostrado a esta joven criatura y sus
esperanzas marchitas, cierra tus fauces otra vez. Y ahora, unos años más tarde,
—no más que cuatro o cinco—, danos los pendientes más actuales de los cambios
que encubriste entre tus paños. Una vez más, “¡ábrete sésamo!” y muéstranos una
tercera generación. Contempla un pasto inundado con matorrales. ¡Tan perfecta
es el verdor, ricos son los arbustos que florecen y se esconden entre los verdosos
muros de la posibilidad de intromisión, mientras por su vagabunda línea de
distribución van tomando forma, y resentidamente traen a la costa, lo que uno
podría llamar tabernas y vestíbulos pastosos, galerías silvinas y armarios!
Algunos de estos recovecos, los cuales se desunen tan fluidamente como las
serpientes, y de repente como los más tímidos rincones, celdas acuosas, y
criptas, entre las costas de un lago en el bosque, siendo formadas por los
meros caprichos y yerros de los exuberantes arbustos, son tan pequeños y tan
callados que uno se imaginaría que fueron hechos para las alcobas. ¡Aquí se
encuentra uno que en un clima menos voluble haría para un escritor el más
hermoso de los estudios sobre los alientos de algún corazón solitario, o de
suspiros de algún recuerdo apasionado! Y, abriendo un ángulo de este estudio
enramado, muestra un pequeño corredor estrecho, que, después de dar una vuelta
sobre sí mismo, en sus laberintos juguetones, finalmente se expande en una
pequeña habitación circular; de la cual no hay ninguna salida (excepto si
contamos la entrada), pequeña y grande; tanto que, adyacente a su estudio, el
escritor daría ordenes de que tan dulce una recamara, permitiéndole recostarse
durante el verano, contemplando durante toda la noche al quemante anfitrión de
los cielos. ¡Tan silenciosa sería justo en los medios días nocturnos del verano
— tan parecida a la quietud de las tumbas! Y todavía, ¿hay necesidad de pedir
quietud o un silencio que sea más profundo que el que es sentido en este
mediodía? Una razón para un reposo tan peculiar, sobre y encima del carácter
tranquilo del día, y la distancia del lugar que está en los caminos
principales, es la zona principal del bosque, en la cual casi en cada lado han
reposado los arbustos, envolviéndolos (como uno podría expresarlo),
circundándolos y subestimándolos, desde una distancia tan variada de dos a tres
estadios, como a menudo se guardan los vientos a la distancia. Pero, sin
importan su causa o soporte, el silencio de estos prados fantasiosos y
habitaciones pastosas es a menudo opresivo en las profundidades del verano para
las personas que no están familiarizadas con la soledad, ya sean montañesas o
silvinas; y muchos estarían aptos para suponer que la villa, de la cual estos
arbustos hermosos forman las dependencias principales, debe estar abandonada. Pero
ese no es el caso. La casa está habitada, y por su señora legitima, la
propietaria de todo este terreno; y no del todo una señora callada, pero tan
ruidosa como la mayoría de las señoritas de cinco años, pues esta es su edad. Ahora,
y mientras estamos hablando, podrías escuchar su clamor pequeño y alegre
mientras sale de la casa. Por este camino viene, saltando como un fauno; y
pronto corre hacia el pequeño recoveco que he señalado como un estudio propio
para un hombre que debería estar hilando las armonías profundas del memorial de
los suspiros. Pero me imagino que ella pronto lo despojara de ese carácter,
pues sus suspiros no son tantos en esta etapa de su vida. Ahora entra en escena
saltando, y observas que, si ella guarda su promesa de ser siempre una niña,
será una criatura interesante para quien la contemple en la otra vida. Por otro
lado, ella es una niña encantadora, —amorosa, natural, y salvaje como
cualquiera de sus vecinos en millas a la redonda, concretamente, lebratos,
ardillas, y tórtolas. Pero lo que te sorprenderá en demasía es que, aunque sea
una niña de sangre inglesa, habla muy poco inglés; pero más bengalí del que tú
tal vez puedas llegar a expresar. Ahí está su doncella, quien viene detrás, a
un paso muy diferente del de su señora joven. Pero, si sus pasos son
diferentes, en otras cosas están de acuerdo más cordialmente; y muchísimo se
aman la una a la otra. En realidad, la niña ha pasado toda su vida en brazos de
su doncella. No recuerda nada que sea más vieja que ella; la más antigua de las
cosas a sus ojos es su doncella; y si la doncella insistiera en que la venerara
como la deidad Ferroviaria o Buqueniana, que construyó Inglaterra, y el mar, y
Bengala, es seguro que la pequeña lo haría, haciendo ninguna pregunta más que
esta, —si es que los besos cuentan como alabanzas.
Cada noche, a las nueve en punto, mientras la doncella se
sienta junto a la criatura que yace despierta sobre la cama, la lengua plateada
de un reloj hace sonar la hora. Lector, tú sabes quién es ella. Es la bisnieta
de aquella que se desvaneció al atardecer mientras contemplaba a sus gemelos
huérfanos. Su nombre es Grace. Y ella es la sobrina de aquella anciana y alguna
vez feliz Grace, quien gastó mucho de su felicidad en esta habitación, pero a
quien, en su completa desolación, la vimos en la recamara, con la carta hecha
pedazos a sus pies. Ella es la hija de esa otra hermana, casada con un oficial
que murió lejos. La pequeña Grace nunca conoció a su bisabuela, tampoco a su
agradable tía, que fue su tocaya, ni contempló con consciencia a su mamá. Ella
nació seis meses después de la muerte de la anciana Grace; y su madre sólo la
contempló a través de la niebla del sufrimiento mortal, el cual se la llevó
tres semanas después de que diera a luz a su hija.
Este paisaje fue contemplado hace muchos años; y desde
entonces la joven Grace, a su vez, se encuentra debajo de una nube de pesares.
Pero aún ella no cumple dieciocho; y todavía puede haber en ella esperanzas.
Observando estas cosas en un periodo tan corto de tiempo, pues la abuela murió
a los treinta y dos, diremos, —a la Muerte la podemos enfrentar; pero sabiendo,
como muchos sabemos, que es la vida humana, ¿quién de nosotros sin escalofríos
podría (si conscientemente fuéramos convocados a ello) enfrentarse a la hora de
su nacimiento?
Versión Paul Olvera
Tomado
de: De Quincey, Thomas. Confessions of an English Opium-Eater. Literary
Reminiscences. D. Appleton and Company. New York. 1900.
pp.180-184