miércoles, 29 de julio de 2015
Acerca del Tiempo - John Milton
Vuela, Tiempo envidioso, hasta que hayas agotado tu camino,
Apela al paso plomizo de las horas,
Cuya velocidad no es más que la caída en picada de su ritmo;
Y provéete a ti mismo de lo que tu matriz devora,
Que no es más que lo que es falso y vano,
Y meramente restos mortales;
Tan pequeña es nuestra pérdida,
Tan pequeña es tu ganancia.
Porque cuando cada cosa mala hayas enterrado,
Y al último de todo, tu codicioso yo hayas consumido,
Entonces la Eternidad infinita acogerá tu éxtasis
Con un único beso;
Y la felicidad nos cubrirá como una inundación,
Cuando cada cosa sea completamente buena
Y perfectamente divina,
Con Verdad, y Paz, y Amor siempre resplandecerá
Cerca del trono supremo
De aquel cuyo rostro bienaventurado y solo
Cuando nuestra celestial alma haya escalado al cielo,
Entonces esta terrena imperfección abandonaremos,
Ataviados con estrellas, nos sentaremos por siempre,
Triunfantes sobre la Muerte, y el Azar, y sobre ti, oh Tiempo.
(1632?)
miércoles, 1 de julio de 2015
El apartamento - J. M. Coetzee (Dostoievski)
(Historia
supuestamente escrita por Dostoievski en la novela The Master of Petersburg de
J. M. Coetzee)
Duerme tarde,
levantándose raramente antes del mediodía, cuando el apartamento se ha vuelto tan
caluroso que las sabanas están empapadas de su sudor. Da un traspié al llegar
al reducido baño y salpica un poco de agua sobre su rostro y cepilla sus
dientes con su dedo y regresa dando trompicones al apartamento. Ahí, sin
rasurarse y con el cabello desordenado, desayuna lo que su casera ha dejado
para él (la mantequilla derretida en estos momentos, y con mosquitos flotando
sobre la leche). Después se rasura y se pone la ropa interior de ayer, la
camisa de un día anterior y el traje blanco (la raya de sus pantalones afilada
como un cuchillo debido a que estuvo presionada debajo del colchón toda la
noche), y se humedece el cabello y lo acomoda; y después, habiéndose preparado
para el día, pierde interés, pierde sus motivos: se sienta de nuevo a la mesa
todavía en desorden con los trastos del desayuno y cae en un ensueño, o
desparrama su cuerpo, cortándose las uñas con un cuchillo, esperando a que algo
pase, a que la niña regrese del colegio.
Se pone a
vagar por el apartamento, abriendo cajones, tomando una que otra cosa.
Se encuentra
un relicario con las imágenes de su casera y su esposo muerto. Deja caer su
saliva sobre el vidrio y lo abrillanta con su pañuelo. La pareja se mira luminosamente
entre sí, a través de la minúscula prisión.
Sepulta su
rostro en la ropa interior de su casera, oliendo el ligero olor a lavanda.
Está inscrito
en una universidad pero no acude a clases. Se une a un kuzhok, un círculo cuyos miembros experimentan con el amor libre.
Una tarde trae a una chica de piel morena a su cuarto. Se le ocurre que debería
cerrar con llave la puerta, pero no lo hace. Él y la chica hacen el amor; se
quedan dormidos.
Un sonido lo
despierta. Sabe que alguien los está observando.
Él acaricia a
la chica y ella se despierta. Los dos están desnudos, hermosos, en el vigor de
su juventud. Hacen el amor una vez más.
Durante todo
este tiempo él es consciente de que la puerta no está cerrada del todo, de que
la niña está observándolos. Su placer se agudiza; se transmite a sí mismo a la
chica: nunca antes han experimentado una dulzura tan negra.
Cuando más
tarde se lleva a la chica a su casa, él deja la cama en desorden para que la
niña, al explorar, pueda familiarizarse con los olores del amor.
Cada miércoles
en la tarde de ahora en adelante, por el resto del verano, él trae a la chica a
su cuarto, siempre la misma chica. Cada vez, cuando ellos se van, el apartamento
parece vacío; cada vez, él sabe, la niña se ha acercado sigilosamente, ha visto
o escuchado, y ahora está escondida en algún lugar.
“Hazlo de
nuevo,” la chica susurra.
“¿Hacer qué?”
“¡Eso!” ella
susurra, enardecida por el deseo.
“Primero di
las palabras,” él dice, y hace que ella las diga. “Más fuerte,” él dice. Decir
las palabras excita a la chica enormemente.
Él recuerda a
Svidrigailov: “A las mujeres les gusta ser humilladas.”
Piensa en todo
esto como desarrollándose un gusto en
la niña, como cuando uno desarrolla un gusto por comidas exóticas, ostras o
panes dulces.
Se pregunta a
sí mismo por qué lo hace. La respuesta que se da es: La historia está llegando
a su fin; los viejos libros serán pronto arrojados al fuego; en este tiempo
muerto entre lo viejo y lo nuevo, todas las cosas están permitidas. No cree
particularmente en su respuesta, tampoco la descree. Le sirve.
O se dice a sí
mismo: Es la culpa del verano en Petersburgo – esas tardes largas, calientes,
mal ventiladas con moscas zumbando contra los cristales de las ventanas, estas
noches cargadas con el zumbido de los mosquitos. Dejadme vivir aquí todo este
verano, y también todo el invierno; después cuando la primavera llegue, me iré
a Suiza, a las montañas, y me convertiré en otra persona.
Come con su
casera y la hija de esta. Un miércoles en la noche, pretendiendo estar
borracho, se inclina sobre la mesa y despeina el cabello de la niña. Ella se retrae.
Él se da cuenta de que ella no se ha lavado las manos, y que se ha impregnado
del aroma que queda después de hacer el amor. Sonrojándose, llena de confusión,
ella se inclina sobre su plato, no lo mirará a los ojos.
Tomado
de:
The
Master of Petersburg. J. M. Coetzee. Penguin Books. USA. 1994. pp.242-245.
Traducción
Pavlo Aurel
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