Habiendo completado el
Prólogo, el lector serio se encuentra familiarizado con el relato de los
orígenes de Lolita. Ese “inicial
estremecimiento de inspiración” dio como resultado una pequeña historia, “El
Prestidigitador” (“Volshebnik”), escrita en ruso en 1939, pero nunca publicada.
Nabokov extrajo dos pasajes para el estudio crítico de Andrew Field (Field,
Andrew, Nabokov: His Life in Art.
Boston: Little, Brown, 1967. Pp. 328-329.). En el primer pasaje, el
prestidigitador ve a la pequeña niña por primera vez en los Jardines de las
Tullerías:
Una chica de doce años (él
solía determinar la edad con un ojo atinado), traía puesto un vestido violeta,
estaba moviendo paso a paso su patines, los cuales no funcionaban sobre la
grava —elevando cada uno de ellos a la vez y haciéndolos descender con un crujido—
mientras ella avanzaba con un tipo de paso japonés, a través del éxtasis de los
rayos de sol, hacia la playa. Más tarde (tanto tiempo como ese “más tarde”
perduró) le pareció a él que justo en ese momento, a primera vista había tomado
sus medidas de pies a cabeza: la vivacidad de sus rizos entre café y rojizos
que habían sido recientemente arreglados, la luminosidad de sus enormes ojos de
mirada ausente los cuales le hicieron recordar una semitranslucida grosella
espinosa, el festivo color cálido de su rostro, su boca sonrosada, apenas
abierta para que dos de sus grandes dientes frontales estuvieran descansado ligeramente
sobre el cojín de su labio inferior, el bronceado tono del verano sobre sus
brazos desnudos con unos vellos lustrosos parecidos a los de un zorro, los
cuales corrían alrededor de su antebrazo, la vaga ternura de su pecho pequeño
pero no plano, el movimiento de los pliegues de su falda, su corta extensión y
ligero volver a caer en el lugar preciso, la esbeltez y resplandor de sus
descuidadas piernas, las sólidas correas de sus patines. Ella se detuvo
enfrente de la amable señora que estaba sentada al lado de él y quien, poniendo
su atención en algo que tenía a su mano derecha, encontró y tendió la mano a la
pequeña niña para darle un pedazo de chocolate en una pieza de pan. Masticando rápidamente,
ella deshizo las correas con su mano libre, se quitó de encima todo el peso de
las suelas de metal que tenían las llantas —y, descendiendo hacia nosotros en
la tierra, se enderezó con una repentina sensación de desnudez celestial la
cual le tomó un momento para darse cuenta de que había sido moldeada por
zapatos y calcetines, ella se fue corriendo.
De acuerdo con Field,
Arthur no hace ningún acercamiento sexual hasta casi en la página final, justo
después de que la madre de la niña ha muerto:
“¿Es aquí donde
duermo?” la pequeña preguntó indiferente, y cuando, luchando contra el postigo
para así cerrar la puerta deslizante entre los dos, él contestó “sí”, ella
miró la gorra que traía en las manos y sin fuerzas la lanzó sobre la extensa
cama.
“Bien,” él dijo
después de que el viejo maletero que había llevado su equipaje se hubo retirado,
y ahí sólo quedaban el latir de su corazón y el tiritar distante de la noche,
“Bueno… Ahora a la cama.”
Temblorosa en su
somnolencia, ella tropezó con la orilla del sillón, y, después, al tratar de
sentarse, él la atrajo hacía sí con su brazo rodeando su cadera; ella,
arqueando su cuerpo, creció como un ángel, tensando todos sus músculos por un
momento, dio todavía otro mediopaso más, y luego ligeramente se sentó sobre su
regazo. “Mi querida, mi pobre y pequeña niña,” él murmuró en una especie de
niebla total de compasión, ternura, y deseo, observando su somnolencia, su
confusión, su triste sonrisa, acariciándola a través de su vestido obscuro,
sintiendo el delgado resorte de su ropa interior a través de la fina lana,
pensando en su desamparo, su estado de abandono, su calor, disfrutando del
animado peso de sus piernas que holgadas se extendían una y otra vez y, con un
susurro ligero del cuerpo, se erguían cada vez un poco más —y ella lentamente enrollaba
uno de sus adormilados brazos de mangas ligeras alrededor del cuello de él,
haciéndole que se sumergiera en el olor castaño de su suave cabello.
Pero Arthur falla
tanto como prestidigitador y como amante, y después muere del mismo modo en que
Nabokov hará morir a Charlotte Haze. Mientras tanto la escena claramente prevé
la que será la primera noche en el hotel de Los Cazadores Encantados, su acción
sencilla y tono solemne son muy diferentes, y están comprimidos en unos cuantos
párrafos que más tarde ocuparán dos
capítulos (en la novela). El placer que encuentra Arthur en el “animado peso”
de la niña sugiere considerablemente más la regazo-ardiente escena en Lolita (cuando Humbert en una mañana dominical
juega con Lolita y la hace suya muy a su manera. Capítulo 13), tal vez el
intervalo más erótico de la novela —pero sólo lo sugiere. Aparte de estos ecos, uno debe asumir, dada la evidencia
de estos dos largos pasajes, que poco más allá de la idea básica de la historia
subsiste en Lolita; y la forma de
narrarlo es literalmente un mundo aparte.
“El prestidigitador” estuvo
sin publicarse no por lo prohibitivo que había en el tema, sino, dice Nabokov,
porque la niña poseía poca “apariencia de realidad”.1 En 1949,
después de mudarse de Wellesley a Cornell, se vio envuelto en un “nuevo
tratamiento del tema, pero esta vez en inglés.” Aunque Lolita “se desarrolló lentamente,” tomando cinco años para
completarla, Nabokov tuvo todo en mente desde muy temprano.
1Uno debe recordar que la historia pudo haber sido leída
por una audiencia rusa de emigrados, hace notar Andrew Field. Temas fuertemente
eróticos (pero opuestos a la pornografía) han sido usados “con seriedad” más
frecuentemente por escritores rusos que por sus homólogos ingleses y
americanos. Field señala a Dostoievski (el capítulo suprimido de Los Endemoniados), Leskov, Sologub,
Kuzmin, Rozanov, Kuprin, Pilnyak, Babel, y Bunin (ibid., p. 332). Field también
resume los argumentos de dos historias tempranas y aún no traducidas de Nabokov
las cuales tratan temas sexuales, “Una Historia de Hadas” (1926) y “Un
Compañero Elegante” (1936). (ibid., pp. 333–334)
Extracto tomado de The annotated LOLITA. Vladimir Nabokov.
Editado por Alfred Appel, Jr., con prefacio, introducción y notas de Alfred
Appel, Jr. Pp. xxxvii–xxxix. McFraw-Hill. USA. 1970.
Para un análisis de los orígenes de Lolita se puede leer el artículo en el siguiente link: