lunes, 26 de enero de 2015

El Prestidigitador - Vladimir Nabokov

Habiendo completado el Prólogo, el lector serio se encuentra familiarizado con el relato de los orígenes de Lolita. Ese “inicial estremecimiento de inspiración” dio como resultado una pequeña historia, “El Prestidigitador” (“Volshebnik”), escrita en ruso en 1939, pero nunca publicada. Nabokov extrajo dos pasajes para el estudio crítico de Andrew Field (Field, Andrew, Nabokov: His Life in Art. Boston: Little, Brown, 1967. Pp. 328-329.). En el primer pasaje, el prestidigitador ve a la pequeña niña por primera vez en los Jardines de las Tullerías:

Una chica de doce años (él solía determinar la edad con un ojo atinado), traía puesto un vestido violeta, estaba moviendo paso a paso su patines, los cuales no funcionaban sobre la grava —elevando cada uno de ellos a la vez y haciéndolos descender con un crujido— mientras ella avanzaba con un tipo de paso japonés, a través del éxtasis de los rayos de sol, hacia la playa. Más tarde (tanto tiempo como ese “más tarde” perduró) le pareció a él que justo en ese momento, a primera vista había tomado sus medidas de pies a cabeza: la vivacidad de sus rizos entre café y rojizos que habían sido recientemente arreglados, la luminosidad de sus enormes ojos de mirada ausente los cuales le hicieron recordar una semitranslucida grosella espinosa, el festivo color cálido de su rostro, su boca sonrosada, apenas abierta para que dos de sus grandes dientes frontales estuvieran descansado ligeramente sobre el cojín de su labio inferior, el bronceado tono del verano sobre sus brazos desnudos con unos vellos lustrosos parecidos a los de un zorro, los cuales corrían alrededor de su antebrazo, la vaga ternura de su pecho pequeño pero no plano, el movimiento de los pliegues de su falda, su corta extensión y ligero volver a caer en el lugar preciso, la esbeltez y resplandor de sus descuidadas piernas, las sólidas correas de sus patines. Ella se detuvo enfrente de la amable señora que estaba sentada al lado de él y quien, poniendo su atención en algo que tenía a su mano derecha, encontró y tendió la mano a la pequeña niña para darle un pedazo de chocolate en una pieza de pan. Masticando rápidamente, ella deshizo las correas con su mano libre, se quitó de encima todo el peso de las suelas de metal que tenían las llantas —y, descendiendo hacia nosotros en la tierra, se enderezó con una repentina sensación de desnudez celestial la cual le tomó un momento para darse cuenta de que había sido moldeada por zapatos y calcetines, ella se fue corriendo.

De acuerdo con Field, Arthur no hace ningún acercamiento sexual hasta casi en la página final, justo después de que la madre de la niña ha muerto:

“¿Es aquí donde duermo?” la pequeña preguntó indiferente, y cuando, luchando contra el postigo para así cerrar la puerta deslizante entre los dos, él contestó “sí”, ella miró la gorra que traía en las manos y sin fuerzas la lanzó sobre la extensa cama.
“Bien,” él dijo después de que el viejo maletero que había llevado su equipaje se hubo retirado, y ahí sólo quedaban el latir de su corazón y el tiritar distante de la noche, “Bueno… Ahora a la cama.”
Temblorosa en su somnolencia, ella tropezó con la orilla del sillón, y, después, al tratar de sentarse, él la atrajo hacía sí con su brazo rodeando su cadera; ella, arqueando su cuerpo, creció como un ángel, tensando todos sus músculos por un momento, dio todavía otro mediopaso más, y luego ligeramente se sentó sobre su regazo. “Mi querida, mi pobre y pequeña niña,” él murmuró en una especie de niebla total de compasión, ternura, y deseo, observando su somnolencia, su confusión, su triste sonrisa, acariciándola a través de su vestido obscuro, sintiendo el delgado resorte de su ropa interior a través de la fina lana, pensando en su desamparo, su estado de abandono, su calor, disfrutando del animado peso de sus piernas que holgadas se extendían una y otra vez y, con un susurro ligero del cuerpo, se erguían cada vez un poco más —y ella lentamente enrollaba uno de sus adormilados brazos de mangas ligeras alrededor del cuello de él, haciéndole que se sumergiera en el olor castaño de su suave cabello.

Pero Arthur falla tanto como prestidigitador y como amante, y después muere del mismo modo en que Nabokov hará morir a Charlotte Haze. Mientras tanto la escena claramente prevé la que será la primera noche en el hotel de Los Cazadores Encantados, su acción sencilla y tono solemne son muy diferentes, y están comprimidos en unos cuantos párrafos que más tarde ocuparán  dos capítulos (en la novela). El placer que encuentra Arthur en el “animado peso” de la niña sugiere considerablemente más la regazo-ardiente escena en Lolita (cuando Humbert en una mañana dominical juega con Lolita y la hace suya muy a su manera. Capítulo 13), tal vez el intervalo más erótico de la novela —pero sólo lo sugiere. Aparte de estos ecos, uno debe asumir, dada la evidencia de estos dos largos pasajes, que poco más allá de la idea básica de la historia subsiste en Lolita; y la forma de narrarlo es literalmente un mundo aparte.
“El prestidigitador” estuvo sin publicarse no por lo prohibitivo que había en el tema, sino, dice Nabokov, porque la niña poseía poca “apariencia de realidad”.1 En 1949, después de mudarse de Wellesley a Cornell, se vio envuelto en un “nuevo tratamiento del tema, pero esta vez en inglés.” Aunque Lolita “se desarrolló lentamente,” tomando cinco años para completarla, Nabokov tuvo todo en mente desde muy temprano.


1Uno debe recordar que la historia pudo haber sido leída por una audiencia rusa de emigrados, hace notar Andrew Field. Temas fuertemente eróticos (pero opuestos a la pornografía) han sido usados “con seriedad” más frecuentemente por escritores rusos que por sus homólogos ingleses y americanos. Field señala a Dostoievski (el capítulo suprimido de Los Endemoniados), Leskov, Sologub, Kuzmin, Rozanov, Kuprin, Pilnyak, Babel, y Bunin (ibid., p. 332). Field también resume los argumentos de dos historias tempranas y aún no traducidas de Nabokov las cuales tratan temas sexuales, “Una Historia de Hadas” (1926) y “Un Compañero Elegante” (1936). (ibid., pp. 333–334)

Traducción de Pavlo Aurel.


Extracto tomado de The annotated LOLITA. Vladimir Nabokov. Editado por Alfred Appel, Jr., con prefacio, introducción y notas de Alfred Appel, Jr. Pp. xxxvii–xxxix. McFraw-Hill. USA. 1970.


Para un análisis de los orígenes de Lolita se puede leer el artículo en el siguiente link:

martes, 20 de enero de 2015

Cumpleaños - Álvaro de Campos


En aquel tiempo cuando solían celebrar el día de mi cumpleaños
yo era feliz y nadie estaba muerto.
En la casa antigua, incluso el día de mi cumpleaños era una tradición de hace siglos
y la alegría de todos, y la mía, era evidente como una religión cualquiera.

En aquel tiempo cuando solían celebrar el día de mi cumpleaños
yo disfrutaba de la buena salud que era no entender cosa alguna,
de ser inteligente a los ojos de mi familia,
y de no tener las esperanzas que otros tenían por mí.
Cuando empecé a tener esperanzas, ya no sabía cómo tener esperanzas.
Cuando empecé a mirar la vida, ésta había perdido todo sentido para mí.

Sí, aquel quien suponía ser yo,
el que fui de corazón y parentesco,
el que fui de saraos medio provincianos,
el que fui de que me amaran y de ser yo niño,
el que fui, ay, ¡Dios Mío!, el que sólo hoy sé que fui…
¡A qué distancia!...
(ni el eco…)

¡Aquel tiempo cuando solían celebrar el día de mi cumpleaños!

El que hoy soy es como la humedad en el corredor del fondo de la casa,
poniendo espigas en las paredes…
El que hoy soy (y la casa de los que me amaron tiembla a través de mis lágrimas),
el que hoy soy es que ellos hayan vendido la casa,
es haberse muerto todos,
es estar yo superviviente de mí mismo como una cerilla fría…

En aquel tiempo cuando solían celebrar el día de mi cumpleaños…
¡Qué mi amor, como una persona, ese tiempo!
Deseo físico del alma de encontrarse ahí otra vez,
por un viaje metafísico y carnal,
con una dualidad de yo para mí…
¡Comer el pasado como pan de hambre, sin tiempo de mantequilla en los dientes!

Veo todo otra vez nuevo con una nitidez que me ciega para lo que hay aquí…
la mesa puesta con más cubiertos, con mejores diseños la losa, con más vasos,
el aparador con muchas cosas —dulces, frutas, el resto de la sombra debajo de la fachada—,
las tías viejas, los primos diferentes, y todo era por mi causa,
en aquel tiempo cuando solían celebrar el día de mi cumpleaños…

¡Párate corazón mío!
¡No pienses! ¡Deja el pensar a la cabeza!
¡Oh Dios mío, Dios mío, Dios mío!
Hoy ya no cumplo años.
Duro.
Se me suman los días.
Seré viejo cuando deba serlo.
¡Rabia de no haber traído el pasado robado en el bolsillo!

¡En aquel tempo cuando solían celebrar el día de mi cumpleaños!…


Álvaro de Campos


13 de junio de 1930

En "Pessoa Obra Poética" Tomo 2, Edición Bilingüe. Libros Rio Nuevo. Ediciones 29. España. 2007. Pp. 260-263. Versión propia y basada en la de Miguel Ángel Viqueira y Richard Zenith.

domingo, 11 de enero de 2015

Si muero joven - Alberto Caeiro Da Silva

Si muero joven,
sin poder publicar libro alguno,
sin ver la cara que tienen mis verso en letra impresa,
pido que, si se quisieran preocupar por mi causa,
no se preocupen.
Si así ocurrió, así está bien.
Aunque mis versos nunca sean impresos,
tendrán su belleza, si es que fueran bellos.

Pero no pueden ser bellos y quedarse sin imprimir,
porque las raíces pueden estar debajo de la tierra
pero las flores florecen al aire libre y a la vista.
Tiene que ser así a la fuerza. Nada lo puede impedir.

Si muero muy joven, escuchen esto:
Nunca fui sino un niño que jugaba.
Fui pagano como el sol y el agua,
de una religión universal de la que sólo los hombres carecen.
Fui feliz porque no pedí cosa alguna,
ni procuré hallar nada,
ni creí que hubiera más explicación
que la de que la palabra explicación carece de sentido alguno.

No deseé sino estar al sol o a la lluvia—
al sol cuando había sol
y a la lluvia cuando estaba lloviendo
(y nunca lo otro),
sentir calor y frío y viento,
y no ir más lejos.

Una vez amé, creí que me amarían,
pero no fui amado.
No fui amado por la única gran razón—
porque no tenía que serlo.

Me consolé volviendo al sol y a la lluvia,
y sentándome otra vez a la puerta de casa.
Los campos, al final, no son tan verdes para los que son amados
como para los que no lo son.
Sentir es estar distraído.


Alberto Caeiro.

En "Pessoa Obra Poética" Tomo 1, Edición Bilingüe. Libros Rio Nuevo. Ediciones 29. España. 2007. Pp. 432-435. Versión propia y basada en la de Miguel Ángel Viqueira y Richard Zenith.

lunes, 5 de enero de 2015

El problema del bilingüísmo en la poesía

Respuesta a un cuestionario de La librería Flinker, Paris, 1961

El tema a discutir era “El problema del bilingüismo”


Usted indaga sobre el lenguaje, sobre el pensamiento, sobre la poesía. Hace su pregunta de una manera concisa. Permítame también ser conciso en mi respuesta.
Yo no creo que haya una cosa llamada poesía bilingüe. Doble-discurso, sí; esto puede encontrarse entre varias de nuestras artes contemporáneas y nuestros acróbatas del lenguaje, especialmente aquellos que tratan de establecerse en una armonía maravillosa con cada una de las modas de la cultura de masas, siendo tan poliglotas como policromas las artes puedan ser.
La poesía es por necesidad un ejemplo único del lenguaje. Debido a esto nunca —perdóneme la franqueza, pero la poesía, al igual que la verdad, toda ella se dirige con demasiada frecuencia hacia lo decadente— por lo tanto, nunca a lo que es doble.


Paul Celan. Collected Prose. Transalated with an introduction by Rosemarie Waldrop.Carcanet Press Limited. England. 2003. p. 23.

Para una análisis comparativo de la obra de Paul Celan y Enrique Iglesias respecto al tema del bilingüísmo poético:
https://elclubdelosheteronimos.wordpress.com/2015/01/05/del-bilinguismo-al-doble-discurso-el-hermetismo-comun-en-las-piezas-poeticas-de-paul-celan-y-enrique-iglesias/