“En estos
momentos la señorita Hudson,” dijo Rhoda, “ha cerrado el libro. Ahora el terror
comienza. En estos instantes toma su gis para dibujar seis, siete, ocho figuras,
y luego una cruz y después una línea en el pizarrón. ¿Cuál es la respuesta? Los
otros miran; ellos miran con entendimiento. Louis escribe; Susan escribe;
Neville escribe; Jinny escribe; incluso Bernard ha comenzado a escribir. Pero
yo no puedo escribir. Sólo miro figuras. Los otros entregan sus respuestas, uno
por uno. Ahora es mi turno. Pero no tengo ninguna respuesta. Los otros pueden
irse. Ellos cierran la puerta de golpe. La señorita Hudson se va. Me dejan sola
para que encuentre una respuesta. Las figuras ahora significan nada. El
significado se ha ido. El reloj hace tic-tac. Las dos manecillas son convoyes
marchando a través del desierto. Las líneas negras en el reloj son oasis
verdes. La manecilla más larga se ha adelantado para ir a encontrar agua. La
otra, tropieza dolorosamente sobre las piedras quemantes del desierto. Morirá
en el desierto. La puerta de la cocina se cierra de golpe. Perros salvajes
ladran a lo lejos. Mira, la curva de la figura se empieza a llenar de tiempo;
abraza al mundo en ella. Comienzo a dibujar una figura y el mundo se enrosca en
ella, y yo estoy fuera de este círculo; el cual ahora conecto —de esta manera—y
cierro, y hago completo. El mundo está completo, y yo estoy fuera de él,
llorando, ‘¡Oh, sálvenme de ser arrancada para siempre de la curva del
tiempo!’”
The Waves. Virginia Woolf. The Hogarth Press. Great
Britain. 1980. p. 15
Versión de Pavlo Aurel