Si muero joven,
sin poder publicar
libro alguno,
sin ver la cara que
tienen mis verso en letra impresa,
pido que, si se quisieran
preocupar por mi causa,
no se preocupen.
Si así ocurrió, así
está bien.
Aunque mis versos
nunca sean impresos,
tendrán su belleza, si
es que fueran bellos.
Pero no pueden ser
bellos y quedarse sin imprimir,
porque las raíces
pueden estar debajo de la tierra
pero las flores
florecen al aire libre y a la vista.
Tiene que ser así a la
fuerza. Nada lo puede impedir.
Si muero muy joven,
escuchen esto:
Nunca fui sino un niño
que jugaba.
Fui pagano como el sol
y el agua,
de una religión
universal de la que sólo los hombres carecen.
Fui feliz porque no
pedí cosa alguna,
ni procuré hallar
nada,
ni creí que hubiera
más explicación
que la de que la
palabra explicación carece de sentido alguno.
No deseé sino estar al
sol o a la lluvia—
al sol cuando había
sol
y a la lluvia cuando
estaba lloviendo
(y nunca lo otro),
sentir calor y frío y
viento,
y no ir más lejos.
Una vez amé, creí que
me amarían,
pero no fui amado.
No fui amado por la
única gran razón—
porque no tenía que
serlo.
Me consolé volviendo
al sol y a la lluvia,
y sentándome otra vez
a la puerta de casa.
Los campos, al final,
no son tan verdes para los que son amados
como para los que no
lo son.
Sentir es estar
distraído.
Alberto Caeiro.
En "Pessoa
Obra Poética" Tomo 1, Edición Bilingüe. Libros Rio Nuevo. Ediciones 29. España.
2007. Pp. 432-435. Versión propia y basada en la de Miguel Ángel Viqueira y Richard Zenith.
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