Nuestra primera casa nos ha olvidado.
Contemplé cuando conducía frente de ella
Qué ligeras nuestras vidas habían sido
Como para no dejar ningún rastro. Cuando nos mudamos por primera vez
Busqué augurios.
Desalojada por una viuda quien se reunió a su familia
Todo lo que me dijo fue: “Su vida se ha acabado.”
Ella dejó la sangre última de su marido
Manchando una almohada. Toda su historia
Colgaba – una emanación – alrededor de una mancha.
Olor agrío de senilidad. Se había condensado
Como la grasa sobre los cubiertos. Confirmaba
La idea que tenías de Inglaterra: parte
Residencia de ancianos, parte morgue
Para algo que en parte está muriendo, y en parte está muerto.
Así igual las repisas cubiertas de grasa, pegajosas, paredes oscuras
De la conejera de una cocina te daban asco
Y hacían crecer tu furia. Revisé la sangre.
¿Era sangre de la boca, o del oído,
O había sido de una herida en la cabeza, después de una caída?
Tomé posesión antes
De que lo nuestro hubiera reacondicionado
Esa cripta de viejas amarguras y su gas rancio
De esposo muerto. Reivindiqué nuestra primera casa
Solo y dormí solo en ella,
Sólo tratando de no inhalar el fantasma
Que colgaba en la respiración de la cama.
La muerte de su esposo y su aflicción
Fueron los únicos huéspedes en la calidez de nuestra casa.
Malgastamos diez libras en un suntuoso Chesterfield
De seda prusiana y azul. Nuestro kit
De emergencia en los artilugios de la cocina se adaptó
A la renta, abandonada, suciedad muy usada
Para ser astillero y ritual de botadura
De nuestra expedición. Un espejismo
Del mundo cómo es y cómo tiene que ser
Parecía no peor que cualquier otro. Ya
Nos encontrábamos más allá del Albatros.
Tú fuiste todo un mar antártico
En medio de mí y cualquier posible mención
De mis pudieron-haber-sido. Había aceptado
El fenómeno meteorológico
Que mantenía sin mover tu brújula.
Igual que las apariciones polares que sólo Wendy
Y Dorothea, por ser diosas madres
Visionarias y justas, les fueron perdonados sus rostros.
Me opuse a tu delirio de sospecha.
A través del arcoíris de oscuridad perseveré,
Siguiendo la clave de Patanjali.
Con las manos juntas perseveramos. Para mí, esa casa
Fue nuestro primer campo, nuestro primer invierno,
Donde era feliz con contemplar una vela.
Para ti, era un iglú de confort.
Tu Campana de Cristal despedía calor en el centro
Con un calentador de parafina estupefacto.
Pero también fuiste feliz, calentando tus manos
En la bola de cristal
De tu pisapapeles heredado. Dentro de él
Estaba, en miniatura, tu Navidad en Nueva Inglaterra,
Una Mamá y un Papá, todavía juntos
Debajo de remolinos de nieve, y nuestro futuro.
Versión Pavlo Aurel
Tomado de: "Birthday Letters", en Collected poems. Ted Hughes. 1st edition. Edited by Paul Keegan. Farrar, Straus and Giroux. New York. USA. 2003. pp. 1073-1075
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