miércoles, 1 de julio de 2015

El apartamento - J. M. Coetzee (Dostoievski)


(Historia supuestamente escrita por Dostoievski en la novela The Master of Petersburg de J. M. Coetzee)


Duerme tarde, levantándose raramente antes del mediodía, cuando el apartamento se ha vuelto tan caluroso que las sabanas están empapadas de su sudor. Da un traspié al llegar al reducido baño y salpica un poco de agua sobre su rostro y cepilla sus dientes con su dedo y regresa dando trompicones al apartamento. Ahí, sin rasurarse y con el cabello desordenado, desayuna lo que su casera ha dejado para él (la mantequilla derretida en estos momentos, y con mosquitos flotando sobre la leche). Después se rasura y se pone la ropa interior de ayer, la camisa de un día anterior y el traje blanco (la raya de sus pantalones afilada como un cuchillo debido a que estuvo presionada debajo del colchón toda la noche), y se humedece el cabello y lo acomoda; y después, habiéndose preparado para el día, pierde interés, pierde sus motivos: se sienta de nuevo a la mesa todavía en desorden con los trastos del desayuno y cae en un ensueño, o desparrama su cuerpo, cortándose las uñas con un cuchillo, esperando a que algo pase, a que la niña regrese del colegio.
Se pone a vagar por el apartamento, abriendo cajones, tomando una que otra cosa.
Se encuentra un relicario con las imágenes de su casera y su esposo muerto. Deja caer su saliva sobre el vidrio y lo abrillanta con su pañuelo. La pareja se mira luminosamente entre sí, a través de la minúscula prisión.
Sepulta su rostro en la ropa interior de su casera, oliendo el ligero olor a lavanda.
Está inscrito en una universidad pero no acude a clases. Se une a un kuzhok, un círculo cuyos miembros experimentan con el amor libre. Una tarde trae a una chica de piel morena a su cuarto. Se le ocurre que debería cerrar con llave la puerta, pero no lo hace. Él y la chica hacen el amor; se quedan dormidos.
Un sonido lo despierta. Sabe que alguien los está observando.
Él acaricia a la chica y ella se despierta. Los dos están desnudos, hermosos, en el vigor de su juventud. Hacen el amor una vez más.
Durante todo este tiempo él es consciente de que la puerta no está cerrada del todo, de que la niña está observándolos. Su placer se agudiza; se transmite a sí mismo a la chica: nunca antes han experimentado una dulzura tan negra.
Cuando más tarde se lleva a la chica a su casa, él deja la cama en desorden para que la niña, al explorar, pueda familiarizarse con los olores del amor.
Cada miércoles en la tarde de ahora en adelante, por el resto del verano, él trae a la chica a su cuarto, siempre la misma chica. Cada vez, cuando ellos se van, el apartamento parece vacío; cada vez, él sabe, la niña se ha acercado sigilosamente, ha visto o escuchado, y ahora está escondida en algún lugar.
“Hazlo de nuevo,” la chica susurra.
“¿Hacer qué?”
“¡Eso!” ella susurra, enardecida por el deseo.
“Primero di las palabras,” él dice, y hace que ella las diga. “Más fuerte,” él dice. Decir las palabras excita a la chica enormemente.
Él recuerda a Svidrigailov: “A las mujeres les gusta ser humilladas.”
Piensa en todo esto como desarrollándose un gusto en la niña, como cuando uno desarrolla un gusto por comidas exóticas, ostras o panes dulces.
Se pregunta a sí mismo por qué lo hace. La respuesta que se da es: La historia está llegando a su fin; los viejos libros serán pronto arrojados al fuego; en este tiempo muerto entre lo viejo y lo nuevo, todas las cosas están permitidas. No cree particularmente en su respuesta, tampoco la descree. Le sirve.
O se dice a sí mismo: Es la culpa del verano en Petersburgo – esas tardes largas, calientes, mal ventiladas con moscas zumbando contra los cristales de las ventanas, estas noches cargadas con el zumbido de los mosquitos. Dejadme vivir aquí todo este verano, y también todo el invierno; después cuando la primavera llegue, me iré a Suiza, a las montañas, y me convertiré en otra persona.
Come con su casera y la hija de esta. Un miércoles en la noche, pretendiendo estar borracho, se inclina sobre la mesa y despeina el cabello de la niña. Ella se retrae. Él se da cuenta de que ella no se ha lavado las manos, y que se ha impregnado del aroma que queda después de hacer el amor. Sonrojándose, llena de confusión, ella se inclina sobre su plato, no lo mirará a los ojos.

Tomado de:
The Master of Petersburg. J. M. Coetzee. Penguin Books. USA. 1994. pp.242-245.

Traducción Pavlo Aurel

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